Un buen corazón
Un buen corazón
Si Samuel Beckett hubiese salido a tomarse unas cañas con I. A. L. Diamond y, a la hora de pagar la ronda, se hicieran un “sinpa” junto a Kusturica y el Olmi (más beodo que metafísico) de La leyenda del santo bebedor, sin ninguna duda habrían elegido la tasca de Brian Cox en Un buen corazón. Bromántica y misógina (aunque tan tierna a la postre como el amor -suicida- cuando se tienen veinte años), esta celebración anárquica y clochard del outsider/náufrago de la modernidad, lo urbanita y lo acomodaticio, cincela en la fórmica de un bar, en cada ronda y cada personaje excéntrico, un monumento al rebelde dolce far niente. Dotada de ese sentido del absurdo casi chapliniano centroeuropeo, Un buen corazón habla de gente abandonada (básicamente por esas mujeres vetadas en el local, aunque también por la sociedad), de solidaridad, amistad y asunciones paternofiliales no exentas de traumas, de, en ocasiones muy divertidos, tiras y aflojas. El joven vagabundo aprendiz de Werther, y el viejo vagabundo barman maestro de Moustache (el estoico y cínico narrador de Irma la Dulce), se dan lecciones de vida entre copas, reivindican a esos otros norteamericanos sin sueño, pero sí resaca, y disertan sobre lo divino y lo humano con algún que otro eructo, golpetazo o desvío hacia lo que el Boudu de Jean Renoir le habría dicho al Mickey Rourke de El borracho. Historia mínima de lo que es tener un buen corazón (y un hígado blindado), la película, de una sencillez tan desarmante como su complejidad sentimental, cede algo en sus guiños al indie yanqui (o al indie europeo), pero sin restarle simpatía a un alegato alcohólico a la grandeza del postrer refugio de las buenas, tristes, alegres y enamoradas personas: el bar de Cheers reciclado para homeless del mainstream.
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